Don Diego de Torquemada y Toboso

Don Diego de Torquemada y Toboso

En la calle de San Pedro, de esta ciudad, vino a la vida, el año de 1524, un niño, descendiente del noble linaje de los Torquemada, que , andando el tiempo había de sobresalir brillantemente dentro del Episcopado español durante el reinado de Felipe II.

Sus padres, don García de Torquemada y doña Elvira de Toboso, dama, también, de esclarecida progenie, habitaban en la citada calle la casa solariega que, siglos atrás levantara un antepasado del primero, rico-home de Castilla, llegado a estas tierras de Bujalance con ocasión de la reconquista de Córdoba.

Este hogar donde creció don Diego, fue, seguramente, uno de aquellos hogares de la España imperial, en los que se guardaba permanente culto a las más altas virtudes de la raza: familia muy cristiana, de hidalgos labradores, de vida modesta y almas sustentadas por aquella incontenible efusión del espíritu hispánico... En el seno de este hogar recibió Don Diego sus primeras impresiones infantiles, que, sin duda, se verían favorecidas en su desarrollo por el hecho de vivir entonces en Bujalance momentos de un admirable fervor religioso.

Hizo aquí sus primeros, bajo la dirección del clero de la Parroquia de la Asunción y de los Religiosos de San Francisco; de ellos tomó nociones de Gramática, Latinidad y otras materias y, ya adolescente, marchó a laUniversidad de Alcalá, donde llegó a alcanzar, entre otras investiduras, la de Doctor en Teología, que fue en adelante su ciencia predilecta. Pasó luego a Salamanca, en cuya Universidad fué catedrático de dicha disciplina durante algunos años, labor que interrumpió para acudir a opositar a la Canongía Magistral de Zamora, que obtuvo por unanimidad.

Dentro ya de la carrera eclesiástica dedicó su principal actividad a la predicación; sus muchos conocimientos teológicos y su larga y esmerada preparación universitaria, le hicieron destacar pronto como orador muy notable. Informado Felipe II de sus merecimientos le presentó para la que sede de Tuy, de la que tomo posesión en 1565; tenía entonces 41 años.

Su labor apostólica, sus dones de orador, sus virtudes, en suma, le dieron una personalidad muy acusada en aquel medio de tantos y tan excelentes personajes que componían el clero de la época, por lo que, nuevamente el Rey le volvió a escoger para cubrir vacante de la Archidiócesis sevillana, después de la de Toledo, la sede más importante de España. ¡Más no quiso el destino que tuviera realidad tan Magna elección! Era tan grande su figura, tan positivos sus méritos, tanta la protección real, que seguidamente al hecho de la decisión del Soberano, la envidia de sus émulos se alzó contra él, haciéndole victima de inocua delación, que tuvo, como primera consecuencia, paralizar los trámites de su confirmación por la Santa  Sede, hasta el esclarecimiento de la verdad, que acaso no hubiera tardado en resplandecer, pero la amargura de don Diego fue tan enorme, tan profundo su dolor, que apenas pudo sobrevivir unos meses a las calumnias que vio desatarse contra él, abatido por la injusticia le sobrevino la muerte en Madrid, entregando su alma a Dios en los últimos días del año 1582, unas semanas más tarde que Santa Teresa de Jesús. Sus restos descansan en la catedral de Tuy.

Han sido motivos para traer aquí la presente semblanza, por un lado el intento de deshacer, mediante la difusión de estas hojas, el error en que muchos bujalanceños incurren tomando a este personaje por el muy nombrado Inquisidor General de mismo apellido. La repetición en el tiempo de dicho equivoco, sin ninguna oportuna comprobación que lo hubiera hecho rápidamente subsanable hasta en las Enciclopedias y Diccionarios más modernos en sus noticias sobre esta ciudad. Salvo la identidad de apellidos no hay dato alguno que pueda justificar el mencionado lapsus: el aludido Inquisidor General de España se llamó Fray Tomás de Torquemada, perteneció a la Orden de Dominicos y fue contemporáneo de los Reyes Católicos; por otra parte, Don Diego no desempeñó jamás ningún cargo en aquel alto Tribunal inquisitorial.

Indudablemente este error histórico, de origen local, se ha sostenido por el desconocimiento de la verdadera personalidad de Don Diego dando ocasión a que en algún momento haya sido tomado para juzgarlo con aviesa intención en la necia leyenda con la que, a veces, se ha querido obscurecer la limpia ejecutoria de este pueblo.

Por otro lado aparece aquí este esbozo biográfico, porque creemos que, así como la dama aristocrática gusta en las grandes solemnidades, lucir junto a las galas de moda, los bordados, joyas y encajes que a ella llegaron de lejanos antecesores – por el porte nobilísimo que le prestan -, del mismo modo a una ciudad en fiestas siempre le va bien exhibir, entre las paginas anunciadoras de bailes, carreras de sacos y fuegos de artificio, las nobles excelencias de su pasado, y a fe que la figura de este bujalanceño lo merece,no tan solo porque puso muy alto el nombre de su pueblo, en un momento y en un ambiente intelectual nada fáciles por el número y calidad de sus componentes, sino, también, y acaso más que por esto, por que sintió profunda devoción por su tierra natal, adonde vino alguna vez, siendo Prelado, ansioso de revivir en su mente los recuerdos de su niñez, que discurrió por estas calles que forman el barrio de San Pedro, cerca del viejo castillo y a la sombra de la Iglesia Mayor, feliz de poder recrear su alma en los extensos y bellísimos paisajes que hoy columbran desde los altozanos que rodean la población... Muestra de aquel amor a Bujalance fueron, la ermita – casi iglesia – de San Pedro, erigida, precisamente, en la mansión donde vio la luz primera; la fundación de una cátedra de Gramática y Latinidad, que sostuvo a sus expensas mientras vivió, y, singularmente, el magnifico retablo del altar mayor de la Parroquia de la Asunción, precioso monumento del siglo XVI, que todavía podemos admirar. Bastaría esta liberalidad en pro de Bujalance para hacer su figura digna de evocación, y, desde luego, que lo fuera de manera más intensa y permanente que lo puedan hacer estas líneas.

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